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El 90% de lo que te preocupa nunca va a pasar (pero tu cuerpo no lo sabe)
¿La voz interna te presiona más que tu equipo? Esa tensión mina decisiones clave. Puedes transformarla en tu mejor aliada.
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Maria Lizeth Duarte Coronado
Ilustración minimalista de una persona sentada en el suelo, con las manos en la cabeza en señal de angustia o desesperación. La figura está vestida de blanco y proyecta una larga sombra azul hacia un espacio iluminado, como si estuviera junto a una puerta abierta que deja pasar una intensa luz blanca.

Hay una ironía en cómo funciona nuestro cerebro. Ese órgano de kilo y medio que nos permite planear, crear y resolver problemas complejos, también es capaz de torturarnos con escenarios que nunca van a suceder. Y lo hace tan bien, que nuestro cuerpo no nota la diferencia entre una amenaza real y una imaginaria.

Me di cuenta de esto hace poco, en una sesión de cultura en Castor. Estábamos hablando de estrés (tema que todos conocemos bien) viendo un par de videos de Marian Rojas Estapé sobre el cortisol y cómo gestionamos las emociones (los dejo aquí por si quieres verlos).

Fue entonces cuando descubrimos que el 90% de nuestras preocupaciones nunca suceden Pero nuestro cerebro y cuerpo las procesan como si fueran reales, liberando cortisol como si estuviéramos escapando de algo.

El problema no es el cortisol en sí. Es una hormona necesaria, diseñada para activarnos en momentos de amenaza real. El problema es vivir bañados en ella, día tras día, por amenazas que solo existen en nuestra cabeza.

El espejismo del control

Durante mucho tiempo pensé que la solución era simple: eliminar el estrés. Optimizar mi agenda, delegar mejor, decir que no más seguido. Básicamente, construir una vida sin fricción.

Pero esta conversación me mostró algo diferente. El estrés no es el enemigo. Un trabajo sin estrés sería un trabajo sin desafíos, sin crecimiento, probablemente aburrido. El punto no es eliminarlo (eso es imposible) sino aprender a controlarlo antes de que él te controle a ti.

Y aquí viene la parte incómoda: gran parte de ese control empieza con cómo te hablas a ti mismo.

Hay una voz en tu cabeza que está encendida todo el día. Te comenta cada situación, cada error, cada posible desastre. Para la mayoría de nosotros, esa voz no es precisamente amable.

Lo interesante (y lo que no sabía) es que esa voz no solo afecta tu estado de ánimo. Afecta tu biología. La forma en que te hablas a ti mismo impacta directamente tu sistema inmune y tu capacidad de rendimiento. No es autoayuda, es neurociencia.

Alguien en la sesión lo puso claro: “¿Le hablarías a un amigo como te hablas a ti mismo en los días difíciles?” La respuesta fue un silencio incómodo. Porque todos sabemos que no. Jamás seríamos tan duros con alguien más.

Pero hay esperanza en esto. Si la voz interna puede enfermarte, también puede ayudarte. El primer paso es notarla. El segundo es decidir si vale la pena escucharla.

Nombrar para gestionar

Hay un ejercicio simple que cambió cómo manejo los días difíciles: nombrar lo que estoy sintiendo.

¿Es miedo? ¿Ansiedad? ¿Frustración? Parece obvio, pero pasé años sintiendo un nudo en el estómago sin detenerme a identificar qué era exactamente. Y resulta que no puedes gestionar lo que no reconoces.

Cuando nombras la emoción, algo cambia. Es como encender la luz en un cuarto oscuro. La amenaza sigue ahí, pero ahora puedes verla por lo que es. Muchas veces es más pequeña de lo que parecía.

Esto conecta con algo que mencionaron sobre los “mini-retos”. Si identificas que lo que sientes es miedo (digamos, hablar en público) puedes diseñar pequeños pasos para enfrentarlo. No se trata de lanzarte al escenario sin preparación. Se trata de exponerte gradualmente hasta que el miedo pierda poder.

Tu cerebro no es estático

Aquí viene mi parte favorita de toda la conversación: la neuroplasticidad.

Durante décadas se creyó que el cerebro adulto era básicamente fijo. Que tu personalidad, tus patrones, tus miedos estaban tallados en piedra. Pero resulta que eso no es cierto. Tu cerebro puede cambiar, literalmente, con práctica constante.

Muchas cosas que crees que “así eres” en realidad son patrones culturales aprendidos. Capas instaladas por tu familia, tu entorno, tus experiencias. Y si decides cambiar algo—de forma auténtica, no como autoengaño—tu cerebro puede acompañarte en ese cambio.

Esto no significa que puedas “eliminar” la ansiedad o “borrar” el miedo. Significa que puedes moldearlos, gestionarlos, reducir su impacto. El desafío no es cambiar quién eres, sino entender qué comportamientos no te sirven y trabajar en ellos.

Sobre pedir ayuda

Hay un tabú silencioso alrededor de buscar ayuda profesional. Como si ir a terapia o tomar medicamentos fuera admitir derrota.

Pero en esa sesión, alguien compartió algo que resonó: buscar ayuda fue una de las mejores decisiones que tomó. No porque “arreglara” todo mágicamente, sino porque le dio herramientas que no tenía.

Terapia, medicamentos, ejercicio, conectar con la naturaleza, técnicas de respiración… cada persona encuentra su forma. Lo importante es romper el tabú y probar sin miedo. Si algo no funciona, pruebas otra cosa. No existe una solución única.

Buscar ayuda no es debilidad. Es inteligencia estratégica. Es reconocer que no tienes que resolver todo solo.

Al final, gestionar el estrés se reduce a entender que tienes tres recursos finitos: tu atención, tu tiempo y tu energía.

No puedes hacer todo. No puedes estar disponible siempre. No puedes mantener el ritmo sin descanso. Y pretender que sí puedes es la receta perfecta para la intoxicación de cortisol.

Gestionar el estrés no es agregar otra tarea a tu lista. Es aprender a proteger esos recursos. A decir no. A dejar espacio para el vacío y el descanso mental. A entender que no hacer nada también es productivo.

Alguien lo resumió bien: “Necesito dejar espacio para el vacío”. En un mundo que glorifica el estar ocupado, eso suena casi revolucionario.

El estrés va a estar ahí. Es parte de trabajar en cosas que importan, de tener ambiciones, de enfrentar desafíos reales.

Pero vivir intoxicado de cortisol por amenazas que solo existen en nuestra cabeza… eso sí está en nuestras manos.

La pregunta no es cómo eliminar el estrés. La pregunta es: ¿cuánto de tu estrés es por cosas reales, y cuánto es por ese 90% que nunca va a pasar?

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